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 Benito Pérez Galdós

Las Palmas de Gran Canaria, 10 de mayo de 1843 - Madrid, 4 de enero de 1920

Fue el menor de diez hermanos. Ya desde pequeño su padre le trasmitió el gusto por las narraciones históricas, lo que hizo que tuviera una viva imaginación. Así, siendo muy joven empieza a colaborar con la prensa local con poesías, ensayos y algunos cuentos. Cursó el bachillerato de Arte en el Instituto de La Laguna en Tenerife y en 1862 se traslada a Madrid para estudiar la carrera de Derecho, de la que no fue muy asíduo, dedicándose a recorrer las calles, los teatros y tertulias de la época; en especial le gustaba frecuentar el Teatro Real y los cafés de la Puerta del Sol. En la universidad conoció a Francisco Giner de los Ríos, que le alentó a escribir, y en el Ateneo al que sería su buen amigo, Leopoldo Alas «Clarín». En 1867 realiza un primer viaje como corresponsal, a París, para reportar noticias sobre la Exposición Universal. A su regreso de Francia trajo consigo las obras de Balzac y de Dickens, cuya lectura y traducción supusieron tal falta de asistencia a las clases de Derecho que le anularon la matrícula en 1868. En 1871 publica su primera novela, La fontana de oro, y dos años más tarde comienza a publicar los Episodios nacionales, en un intento por comprender la memoria histórica reciente de los españoles, reflejando sus vidas íntimas en contacto con los hechos de la historia nacional. En 1876 publica Doña Perfecta, retrato literario de la intolerancia ideológica. Al año siguiente se convierte en miembro de la Real Academia Española.


Al hablar de la literatura de Galdós, es obligado hacer mención de la construcción de sus personajes femeninos, tan sutil y acertada que siempre consiguía trasmitir toda fuerza, debilidad y belleza impresa en sus caracteres, evocando a la perfección el universo femenino. Fue quizá por eso que a su muerte, en 1920, cuando no era costumbre que las mujers acudieran a los entierros, no pocas, de condición obrera y madres de familia de las clases populares, acompañaron al féretro de Galdós, siendo cortejo fúnebre de aquel escritor que las había inmortalizado en historias que ellas podían entender y sentir.


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